domingo, 15 de abril de 2018

Tres cantos a la desesperanza


Ritos

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
Jorge Manrique

Nuestras vidas son los ritos
que llegan a la indolencia,
que es el vivir;
así vamos unos y otros
derechos a cumplir
y consumir.
Nos programan nuestra vida
en etapas y festejos,
unas bodas, unos hijos
y poder llegar a viejos.
Pelear por un trabajo
que nos permita comer,
y pagar con lo que sobre
la hipoteca y el café;
para que cuando sea fiesta,
nos vayamos a beber.
Festejemos que vivimos
un poco mejor que ayer,
fingiendo que nos sentimos
felices de obedecer.

Vivimos

Vivimos, pues nacimos,
la gente nos rodea,
nos sigue y antecede,
custodia nuestros días
llenando atardeceres.
Tardes de cumpleaños,
mañanas de trabajos,
noches vertiginosas
y duros despertares.
Neones fluorescentes,
bombillas amarillas
y focos que se apagan;
velando nuestros sueños
nocturnas alimañas.
Pasamos nuestros días
en tertulias y charlas,
en fiestas y paseos,
en luchas y demandas.
Y un día acontecerá,
sin saberlo siquiera,
que no tendrá mañana,
o acaso anochecer,
pues todo aquel que nace
tiene que fallecer.

Muerte

Compañera de mis días
y de mis noches,
testigo de mis éxitos
y mis fracasos,
horizonte de mi paisaje,
meta no buscada.
Triste derrota.

Cuando llegue el aciago día
en que pueda contemplar tu rostro,
seré ciego a tus encantos,
mudo a tus preguntas,
indolente a tus designios,
y ya nada podrá evitar
mi entrega total a ti.

Hasta entonces déjame olvidarte,
mientras río y mientras lloro,
durante mis gozos y mis penas,
cuando busque sentido a la vida
y cuando la vida me dé sentido,
sin buscarlo.

Mujer de horrible nombre,
dama azul y fría,
esposa atada a mi piel,
sorpresa final, tan temida,
puerta a la nada,
ausencia de todo,
cumbre de la existencia,
desasosegante Muerte.

domingo, 1 de abril de 2018

El género gramatical

Me educaron machista, pero la reflexión me ha llevado a aceptar la igualdad real. Es más, pienso que se debe dar visibilidad a las mujeres y me parece una compensación necesaria la discriminación positiva. En fin, defiendo el feminismo sin reticencias y apoyo sus movilizaciones.

Que el castellano es un idioma machista, no tengo ninguna duda. No hay más que recurrir a algún tópico, como que algo te resulte cojonudo o un coñazo. O las connotaciones que tienen muchas palabras, como fácil, o público/a, atribuidas a un hombre o una mujer. Es lógico que si el idioma se ha conformado en una sociedad machista lo refleje, pero también es lógico que nos demos cuenta e intentemos revertirlo. Contra esto sí que hay que luchar y es posible hacerlo. Con educación y con medidas académicas y legislativas. Estoy completamente de acuerdo en erradicar el machismo en el lenguaje.

Atención, ahora viene el pero:

PERO esto no tiene nada que ver con el género gramatical.

Sí, el género gramatical no es equivalente al sexo al que se refiere, por mucho que ambos se adjetiven como masculino o femenino. Una palabra puede ser gramaticalmente de género masculino y referirse a una mujer. Y viceversa (¿por qué será que esta palabra me produce grima? ¡Ah, claro, la tele!).

Este matiz del género gramatical no es captado por muchos hablantes y reaccionan duplicando innecesariamente palabras —trabajadores y trabajadoras— o fuerzan feminizaciones sin sentido alguno —miembras—.

Una salvedad, sí que es lógico hablar de trabajadores y trabajadoras, para hacer visible a este colectivo de mujeres, más discriminado que el resto. Cuando no lo veo apropiado es cuando por ejemplo hablamos de los trabajadores de una empresa determinada.

Una anécdota significativa. Hace tiempo nadie ponía en duda que los padres (masculino plural) de un niño eran un hombre y una mujer, pero alguien se escandalizó, pensando que no estaba incluida, en el genérico padres, la madre.  Desde entonces la APA (Asociación de Padres de Alumnos) pasó a denominarse AMPA y se quedaron tan satisfechos de haber terminado con la injusticia secular. Preferían los chistes que podían hacerse con la palabra homónima, hampa, que asumir que el género gramatical no tiene por qué referirse al sexo de las personas a las que alude. Así se llega al absurdo, ya que no fueron consecuentes, al no darse cuenta de esas siglas significaban Asociación de Madres y Padres de Alumnos… ¡Horror, olvidándose de mencionar a las alumAS! Y al resto de los sexos (trans, homo, etc.).

Lo único que demuestran estas patadas a la lógica y a la razón es el poco respeto que los dicentes le tienen a su lengua materna. Es como si nos dan miedo las avispas y matamos otros insectos, como las hormigas, porque las tenemos más a mano y porque nos dan igual todos los insectos —hay quien a las hormigas las llamaría insectas, por cierto.

Pienso que debemos respetar un poco más el lenguaje y, aunque comprendo lo de visibilizar a las mujeres, creo que se va por camino errado en ciertas cuestiones. Se confunde el género gramatical con el sexo. En género femenino se pueden hacer referencias a personas de sexo masculino, como en las palabras: gente, (el) oculista... Y viceversa —¡maldita telebasura!—, (la) conferenciante, (la) miembro.

Si hablamos de una mujer concreta, es totalmente adecuado referirnos a ella como jueza, pilota, arquitecta o médica. O a un hombre azafato, modisto… De acuerdo. Pero si generalizamos a un colectivo, veo absurdo hablar de jueces y juezas, padres y madres, trabajadores y trabajadoras, cuando se puede simplificar con el masculino generalista.

El problema fundamental deviene de que en latín existía el género neutro, pero en el castellano esta función la tomó el género masculino, generalizando en masculino las palabras colectivas que abarcaban a los dos sexos.

Si el problema es que no existe el género neutro, solo veo dos alternativas, lo inventamos —no pasaría nada— o dejamos las cosas como están. La tercera vía sería generalizar en femenino, cosa que me parece fenomenal. Tal vez es lo que toca. Hablemos de nosotras, cuando haya una reunión de personas de ambos sexos. Cojonudo… digo, coñazo… digo… Mejor me callo.

Ya sé que lo que digo es políticamente incorrecto, y más para gentes de izquierdas, entre las que me considero incluido, pero es que a mí el miembras  —y el portavozas— me sonaron como una patada en los dientes y aún me duelen. ¿No se dan cuenta de que la palabra VOZ es femenina? ¿Se quiere feminizar una palabra de raíz femenina?

¿Seguimos perdiendo el respeto a nuestra lengua? De acuerdo, pues entonces olvidémosla, aprendamos todos inglés, que no tiene este problema, y que el castellano se vaya a tomar por cula.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La ascensión de Ascensión


María de la Ascensión un día tendía unas sábanas, cuando vino un viento muy fuerte que hizo el efecto de desplegar velas y se la llevó volando, cual si se tratara de una cometa. Me pregunto si Ascensión ascendió a los cielos, como en el caso de la mujer de Macondo que nos cuenta García Márquez en el libro ese raro que trata de un coronel que, cuando lo iban a fusilar, se acordó del día en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Que digo yo, ¿en esos momentos no tenía otra cosa de la que acordarse?

Pero, bueno, que esto que estoy contando no es realismo mágico. Es realismo real o verdad verdadera y no falsa mentira, como esa otra historia que hay escrita en los libros sobre un hidalgo, de los de adarga antigua, que enloqueció por leer libros de caballería. Como si leer le enturbiara a uno la mente en lugar de despejársela. Vaya tontería.

El caso es que Ascensión se asustó mucho en su vuelo y no soltó los picos de las sábanas, los cuales dio varias vueltas en sus muñecas para asegurarlos. En principio pensó que descendería suavemente al otro lado de los árboles que se le presentaban a su vista, pero cuando los rebasó, advirtió Ascensión que ascendía más. Tanto ascendió que los prados a sus pies se le antojaban dibujados en un papel. Y las ovejas como figuritas de un belén.

Se resignó a volar y quitó de su mente los pensamientos tremendistas. Estaba donde estaba y en ese momento no sufría, así que lo mejor sería disfrutar del paisaje. Si más tarde todo se arruinaba y se estrellaba, al menos habría pasado uno de los mejores ratos de su vida. ¡Que me quiten lo bailao! Pensó, con muy buen criterio.

Hacía un poco de fresco y el aire le removía las faldas, enfriándole el vientre. Pero, aparte de eso, el viaje era agradable.

Cruzó varios ríos, que se veían plateados desde la distancia; atravesó carreteras, ennegrecidas desde esas alturas; rebasó montañas de picos pardos y otras de romas lomas. Llegó a unos suburbios urbanos y oyó cómo unos niños la señalaban: «¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Supergén». O algo parecido, que desde lejos las palabras se confunden.

Sobrevoló luego los tejados de los edificios y algunas terrazas. En una de ellas una familia estaba tomando el té y la saludaron. Había un conejo blanco con un chaleco y una especie de loco con sombrero.

Se las vio muy difíciles ante una torre Eiffel que le cortaba el paso. ¿Habré llegado a París? Pensó. Pero no lo pensó mucho, ya que tenía que maniobrar para no estrellarse. La fatalidad le llevaba directamente al desastre. ¿O era el aire? Lo que fuera que impulsaba la sábana. Con desesperación giró el cuerpo, desde abajo a arriba, haciendo círculos, cual si fuera el badajo de una campana, y logró desviar la trayectoria, evitando chafarse las narices con los hierros.

Visitó varias ciudades más. Una con una torre inclinada, otra con dos torres inclinadas, otra más con una noria muy grande al lado de un río enorme, otra llena de rascacielos y una más que no rascaba nada. En fin, observó todo aquello que el azar le puso delante de los ojos. Que fue mucho.

El caso es que, sin saber cómo, estaba volando de nuevo por prados conocidos. Distinguió su pueblo, su casa, el arroyo donde había estado lavando y la alambrada donde tendía la ropa. En ese momento el aire parecía más calmado y comenzó a descender.

Aterrizó suavemente, muy cerca de donde los vientos le habían arrebatado, justo en el lugar donde su hijo de ocho años estaba jugando con unos palos. Construía castillos en el aire.

—¿Dónde te has ido, mamá? —le dijo el pequeño.

—Por ahí. Necesitaba airear un poco las sábanas —le respondió con una sonrisa. —Anda, ayúdame a doblar esta, que ya está seca.

¿Que cómo lo sé yo? Claro, es que no lo he explicado. Yo soy un caracol que estaba trepando por las zapatillas de Ascensión, cuando fue arrebatada por unas corrientes nada corrientes.

miércoles, 28 de febrero de 2018

El Cid Campeador, simplemente Rodrigo


Una de las cosas más positivas de pertenecer a una asociación de escritores es que conoces y te relacionas con personas muy interesantes. Así entablé amistad con Carlos del Solo, cuando me pidió que le acompañara en la presentación de su libro, del que voy a realizar una breve reseña.

Es un libro de esos que te enganchan y te hacen disfrutar de la lectura, sumergiéndote en una historia interesante. ¿Qué más se le puede pedir?

La trama es conocida, ya que se trata de una figura histórica, aunque su paso por el tamiz de la mitología ha deformado su imagen y lo ha alejado de su esencia de ser humano. Y eso es lo que ha intentado solventar Carlos, vistiendo una biografía de una piel que lo recubra. Se ha puesto en el lugar del protagonista, imaginando la cotidianidad en la distancia corta. Esa en la que el personaje se enfrenta a sus dudas, a sus miedos, a sus proyectos e incluso a sus momentos más íntimos, con escenas sexuales explícitas. Dando importancia al algo que sí la tiene, y mucha, en cualquier biografía humana; pero son momentos que suelen evitarse compartir y se guardan en la intimidad. Y ahí quedan, en la intimidad del silencio de la lectura. Será un secreto que tendremos los lectores con el libro, pero que nos ayudará a conocer mejor el retrato del personaje que nos dibuja el autor.

Carlos nos invita a habitar la piel de un héroe que no sabe que lo es. Cuando vivimos algo, no nos damos cuenta de su posible transcendencia y así la novela relata la vida cotidiana como algo rutinario. Luego serán los demás los que lo conviertan en hechos heroicos, pero mientras ocurren no somos conscientes, ni podemos valorar su importancia real.

La literatura tiene sus licencias, para presentarnos personajes y no meras estatuas. El autor respeta los acontecimientos de los que se ha documentado, pero nos los transmite de manera que podamos identificarnos con los personajes, actualizando no solo lenguaje, sino también las situaciones. Nos hace preguntarnos si no reaccionaríamos igual que el protagonista en sus mismas circunstancias. Aquellos que no conozcan la historia del Cid, sacarán una idea muy precisa de quién fue y qué es lo que ocurrió, pero además vivirán con él todas sus dudas y sus temores.

El estilo de Carlos es directo y ameno, narrando en presente de indicativo y en primera persona. Los hechos no los recuerda el narrador, no son una interpretación interesada, si no que los está viviendo en directo. Y los lectores con él.

El Cid nos es presentado como una persona que se cuestiona las convenciones sociales y es tremendamente respetuoso con, por ejemplo, la libertad femenina, dotando a Jimena de una autonomía y poder de decisión igualitario al de su pareja. De la misma forma plantea el tema de la violencia, cuestionándolo. El siglo en el que le tocó vivir a Rodrigo Díaz era tremendamente violento y él, además, pertenecía a la escala social de los guerreros. Como integrante de la nobleza no podía siquiera plantearse desempeñar otro oficio. Lo suyo era la guerra, algo que debía aceptar de forma natural. Y desempeñó su trabajo con toda la eficacia, lo que le convirtió en uno de los mejores guerreros de la historia. Esto le llevó a ser una figura mítica, que pasó a los romances y a ser conocido y admirado por toda la sociedad de la época y las posteriores.

Por ello no podemos juzgarle con la mentalidad de hoy, sino con la de la época, y entonces esto era admirable, ya que sus hazañas permitían la seguridad de sus compatriotas. Pero la violencia en sí no es un fin en la mentalidad de Rodrigo, es algo que, como se verá en la narración literaria que nos plantea Carlos, no le satisface lo más mínimo. Para él solo es importante su vida familiar, el amor a su mujer y a sus hijos y el tumbarse en la hierba para solazarse y meditar.

Otra característica del personaje literario es su inteligencia. Nos presenta a un Rodrigo Díaz interesado en los libros y en el conocimiento, aunque en principio no sea más que para llevar a cabo mejor su papel guerrero. Así lee y aprende. Piensa y desarrolla. En el ambiente social del feudalismo del siglo XI se tenía a gala ser iletrado y basarse en la fuerza bruta y la crueldad para imponerse a los demás. Ya se encargaban los oratores de cultivar la cultura, tarea que tenían en exclusiva frente a los laboratores y a los bellatores. Pero Carlos nos presenta a un Rodrigo más moderno, equiparable a esos caballeros de siglos posteriores que, en el Renacimiento, lucían a gala estar tan versados en las armas como en las letras. La pluma y la espada.

Un atractivo literario de la novela es cómo plantea sus batallas empleando la inteligencia. Rodrigo estudia al enemigo con detenimiento y los factores que pueden influir en la victoria o la derrota. Según el planteamiento, el héroe es invencible no por el poder de su brazo o la fuerza bruta, sino por utilizar estratégicamente tanto a sus hombres como el terreno de la mejor forma posible.

Carlos nos mantiene el interés planteando cada batalla como si fuera un problema a resolver. Estudia las fuerzas que se le oponen, su posición y sus defensas, todo lo cual es muchas veces superior al ejército que él comanda y, no obstante, siempre triunfará. Una vez estudiada la situación plantea alguna argucia que luego lleva a cabo.

Vencedor en todos los lances, Rodrigo gana fama de invencible, siendo bautizado con los apelativos de Cid –sidi–, señor en árabe, y Campeador –campidoctor–, por ser triunfador en batallas campales.

Su fama, por un lado, le labró la admiración de las gentes sencillas, pero también las envidias cortesanas que le tratarán de arruinar y desposeer tanto de los favores reales como de su hacienda. Esto le llevará a sucesivos destierros y desgracias que nos narra la historia. Desgracias ante las que no se rinde y que supera con la fuerza de su voluntad y su inteligencia.

Otro factor fundamental para entender la figura de nuestro héroe es conocer la situación política de la Península Ibérica en el siglo XI, la cual era ciertamente enrevesada. Simplificarlo con la etiqueta de Reconquista es perderse muchas cosas y que otras resulten incomprensibles. ¿Cómo, si no, iba un caballero cristiano como Rodrigo a luchar por los intereses del rey moro de Zaragoza en contra de los reinos cristianos de Aragón y Navarra? ¿Cómo unas tropas cristianas, comandadas por la figura mítica cidiana, iban a saquear las católicas tierras de La Rioja, igual que hicieron con las tierras moras de Toledo? ¿Cómo el rey musulmán de Lérida iba a prestar apoyo a las tropas cristianas contra las tropas musulmanas de Valencia?

La Hispania geográfica del siglo XI estaba dividida en distintos reinos, con un amalgama de razas y culturas en cada uno de ellos. Predominantemente unos eran cristianos y otros musulmanes, estando las minorías dentro de ellos perfectamente establecidas y toleradas.

La estructura social real era la de una sociedad señorial, en la que distintos señores territoriales, condes, príncipes, duques, etc., respetaban la autoridad superior de un rey o emperador, el primus inter pares, pero que en sus tierras ejercían tanto la política, como la administración o la justicia. Aunque ciertamente sí que la cristiandad era una realidad en la que se reconocían unos y el mundo musulmán otros, pero tanto la cristiandad como el mundo musulmán superaban políticamente el ámbito Hispano.

Así un señor musulmán podía rendir vasallaje a un señor cristiano y viceversa. Esto explica que el caballero cristiano Rodrigo pusiera su ejército desterrado, sin ningún remordimiento, al servicio del rey musulmán de Zaragoza, en contra de los intereses de “reconquista” de los reyes cristianos de Aragón y Navarra o que fuera el adalid del reino musulmán de Valencia hasta que se decide a conquistarlo con ayuda musulmana.

Carlos recorre la biografía contrastada del Cid, desde su adolescencia a su muerte y nos dibuja el tipo de persona que pudo haber sido. Hace una recreación literaria, acercándonos el personaje. Repasa los acontecimientos que vivió y los da sentido. Tal vez nos parezca demasiado actual, pero si es así, es que el autor ha logrado su propósito de traer a nuestros días a una figura legendaria para su comprensión. Esto es literatura y lo demás es otra historia.

sábado, 17 de febrero de 2018

El siglo XIX y los tebeos


En entradas anteriores hemos visto ejemplos de narraciones gráficas, tebeos yo los llamo, que pasaron desapercibidos como tales, cuando es evidente que tienen toda la esencia del lenguaje que consiste en narrar una historia con secuencias de imágenes sucesivas.

[1]
1896 es una fecha que marcaron algunos como nacimiento de los cómics. E incluso otros señalan el siglo XIX como precursor del lenguaje. No estoy de acuerdo con ninguna de estas afirmaciones y creo haberlo demostrado. Vamos a ver ahora someramente qué narraciones gráficas se hicieron en el siglo XIX, eso sí, la mayoría sin ser conscientes de lo que hacían.

Comencemos con una ilustración, una de tantas que se prodigaron durante todo del siglo XIX, siglo que podíamos decir que comenzó unos años antes con la Revolución Francesa. Estas sátiras solían tener intención sarcástica e hiriente y presentan características que algunos estudiosos se empeñan en identificar para definir el lenguaje del cómic, cuando no lo es. La traigo aquí especialmente por los estupendos bocadillos que, en este caso, tienen más de cien años de antigüedad a su “invención oficial”. Se trata de un grabado de Gillray de 1791 [1]. En todo el siglo XIX existieron publicaciones periódicas en Europa y en ellas abundaron las sátiras políticas, en general muy radicales e hirientes.

[2]

Mención aparte merece un género marginal, que no es estudiado dentro de la Historia del Arte, sino como propio del costumbrismo popular, como son los libros de cordel. Ediciones baratas que eran vendidas en portales y kioskos suspendidos en un cordel, del que eran extraídos. Eran cuadernillos de pocas hojas que, en su origen, consistían en un pliego con dos dobleces, aunque con el tiempo llegaron a tener más de 30 páginas [2]. Era literatura fugaz que incluía grabados para facilitar su lectura y éstos a veces ofrecían narraciones gráficas. Pensemos en los altísimos índices de analfabetismo del siglo XIX, que obligaba a minimizar el texto, pues el público al que se dirigían estas publicaciones era de clase baja. Las historias vienen de la tradición de ciegos y juglares que recorrían los caminos para explicarlas con el apoyo de los pliegos de dibujos. Había temática de historia sagrada, epopeyas medievales, hazañas de bandidos y romances vulgares.

[3]
Las aleluyas, conocidas como aucas en Cataluña y Valencia donde tuvieron expansión notable, eran unos pliegos de tamaño equivalente al doble folio, que también fueron vendidos como de cordel [3]. Normalmente tenían 48 viñetas cuadradas, que se denominaban estampas, ordenadas en ocho filas de seis, teniendo cada viñeta al pie un breve pareado. Solía quedar en el anonimato tanto el autor del texto como del dibujo. Las primeras impresiones se realizaban en xilograbado y más tarde en litografía e incluso se llegó al fotograbado. Su función era recreativa, siendo las más antiguas enumerativas; recogiendo una sucesión de estampas sin carácter narrativo, imágenes que describían costumbres o tipos populares, o mostraban monumentos, oficios o sucesos. Pero muchas de las posteriores adquieren ese carácter narrativo, pues cuentan historias pintorescas con una sucesión coherente de escenas significativas, completando su sentido con el texto rimado, el cual a veces quiere brillar por sí mismo; pero eso tan solo le resta efectividad, no lo anula como complemento de la narración gráfica. Estaban dirigidas al público adulto en general, aunque algunas eran infantiles. Tienen su equivalente, salvadas las diferencias, en los bilderbogen alemanes o las Stampas D’Epinal francesas [4].

[4]
El estudioso Antonio Martín (1) niega que las aleluyas sean cómic e, incluso, que estén en el paso inmediatamente anterior, pero es una opinión que no comparto. Aquellos casos en que los dibujos se ordenan para contar una historia con una selección de momentos significativos y con el apoyo de textos, sino son narraciones gráficas ¿qué son? Ilustraciones desde luego que no, porque lo que les da sentido es su ubicación en una secuencia, sin la cual no dicen nada, ni sirven para nada. No ilustran un texto literario, ni tienen valor intrínseco por sí mismas; se necesitan entre sí, para que cada estampa haga su aportación ordenada en función de avanzar la historia. Y además utilizan convencionalismos auxiliares. El texto es tosco, la planificación es pobre y la elipsis entre viñetas suele dar saltos significativos, pero hoy en día se pueden crear narraciones gráficas con grandes saltos en el tiempo entre viñeta y viñeta y nadie las pone en duda.


Y ahora vayamos a otra cosa y veamos algunos autores.

[5]
Rodolphe Töpffer, un suizo que trabajó en Francia, se consideró a sí mismo como inventor, otra vez, de una forma de narrar, que utilizaría exclusivamente como pasatiempo, y que él denominó Literatura con estampas. Se equivocó en lo de ser el primero en lograrlo, pero nos encontramos con otro autor plenamente consciente de que sus creaciones no eran ni ilustraciones, ni literatura, sino un híbrido de ambas que generaba un nuevo lenguaje consistente en narraciones gráficas que utilizaban el auxilio de un texto para completar el significado. Sentó las bases del lenguaje pensando que no era una extravagancia, sino que otros podían hacer lo mismo que él y así fue un autor imitado, e incluso plagiado. Töpffer por sí solo serviría para desmontar teorías con pies de barro que no quieren ver el lenguaje hasta que los textos fueron metidos en bocadillos. Es oportuno enumerar sus títulos para resaltar las fechas de publicación. Les amours de M. Vieux Bois (1827), publicado una década más tarde, Le Docteur Festus (1829), Histoire de M. Cryptogramme (1830), publicada en 1.845, M. Pencil (1831), publicada en 1840, Historie de M. Jabot (1831), publicada en 1837, M. Crépin (1837) e Histoire D'Albert (1844). Publicó sus historias en álbumes que fueron editados en Francia, Alemania y EE.UU. Estaban dirigidos al público adulto y tenían formato horizontal, con una tira de viñetas por página y un breve texto al pie de los dibujos [5].

[6] Segundo capítulo, suprimiendo el texto rimado.
Wilhem Bush (1832-1908) es un alemán que publicó una serie de relatos con anécdotas mudas para el semanario Fliegen Blättern en 1861, que había sido fundado por Kaspar Braum (2). Es el autor sobre todo de Max und Moritz, dos niños traviesos considerados, sin ambages, como precedentes de los famosos Katzenjammer Kids norteamericanos, los cuales constituyen un hito en la “Historia oficial del Cómic”. Se trata de una serie con unos chicos gamberros, que son el tormento de los adultos que les rodean y acaban pagando con creces sus fechorías. Busch experimenta con un lenguaje del cual desconoce su existencia y sus reglas y, por lo tanto, no consigue un resultado redondo, al mezclar las palabras y el dibujo de una forma forzada. Utiliza un largo texto rimado en el que intercala los dibujos, no siendo el poema más que un contrapunto a la estupenda narración gráfica, cuyas anécdotas visuales se entienden perfectamente sin el texto. Esto demuestra, como venimos defendiendo, que el lenguaje de la narrativa gráfica es intuitivo y natural.
[6] Conclusión del capítulo, más dos viñetas con onomatopeyas.
Pero el autor, en este caso, se equivoca al hacer su planteamiento intelectual y decidir que la información aportada por el texto debía ser amplia, intentando darle calidad literaria, cuando hubiera bastado lo mínimo imprescindible para completar a las imágenes. Pero la efectividad narrativa de sus dibujos yuxtapuestos no es su único logro, pues también acierta a utilizar otros recursos, como las onomatopeyas, con el inconveniente de que en lugar de introducirlas en el dibujo las pone en el texto. Por ejemplo el cacarear y el picotear de unas gallinas, el sonido de una sierra o la espectacular explosión de una pipa de fumar, con la cual se atreve a explorar la expresividad del dibujo, intentando hacer ver la onda expansiva, aunque el “¡BUM!” figure en el texto y no en el dibujo. De todas formas consigue una narración gráfica más brillante que muchas de las actuales, que sólo tienen el mérito de ser posteriores al siglo XIX [6].

[7]

Gustave Doré (1832-1883), uno de los más importantes y fecundos ilustradores del siglo XIX, es el autor, entre otras, de la narración gráfica Histoire Pittoresque, Dramatique et Caricaturale de la Sainte Russie de 1854 [7].

[8]

Emmanuel Poiré (1858-1909), conocido como Caran D'Ache, realizó narraciones gráficas humorísticas con textos al pie de los dibujos, como era común entre los autores de entonces [8].
Georges Colomb (1865-1945), utilizó el seudónimo de Cristophe y publicó en la prensa relatos gráficos con pantomimas, utilizando textos impresos que contienen los diálogos. Destaca, entre otras creaciones, La famille Fenouillard (1889-1893), por la implantación de personajes permanentes en la prensa, hecho que se considera habitualmente como también de invención norteamericana [9].

[9]

(1)    Antonio Martín, Las aleluyas (primera lectura y primeras imágenes para niños, siglos XVIII-XIX). Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil, nº 179, febrero 2005.
(2)    Kaspar Braum comienza a publicar el periódico satírico Fliegende Blätter en 1844, siendo también editor de Münchner Bilderbogen, publicaciones que eran ilustradas por dibujantes de la Academia de Bellas Artes de Munich. Los bilderbogen eran historias humorísticas que tenían su antecedente en los moritat u hojas llenas de dibujos que llevaban unos cantores ambulantes, que relataban acontecimientos bíblicos o sensacionalistas.

martes, 30 de enero de 2018

Visca Tabarnia lliure

En octubre de 2014, en este mismo blog, publiqué un artículo titulado Visca Catalunya lliure. El título era desde luego una provocación, pero no falto de intencionalidad. En mi artículo defendía que la democracia se hace desde abajo a arriba y que debe ser la gente la que elija su destino. Si los catalanes no se sienten españoles, no hay ningún motivo para obligarles.

Parece ser que no es así, que la mayoría numérica de catalanes se sienten tan españoles como catalanes, pero el miedo a perder la consulta impide que se les pregunte. Este miedo es miedo a la democracia, por lo que algunos están revelando su auténtica ideología. Así se ha conseguido el enfrentamiento de dos posturas intransigentes, que no quieren ver más que su relato, reconstruyendo y falsificando incluso la Historia desde su punto de vista para tener razón.

Yo abogué por una Cataluña libre, que debe elegir si quiere seguir siendo española. De la misma forma y por los mismos motivos ahora abogo por la libertad de Tabarnia para independizarse de Cataluña.

He de hacer hincapié, no obstante, en que en el momento del nacimiento de esta especie de broma llamada Tabarnia, no tengo claro que sea algo positivo o una reacción envenenada del nacionalismo contrario. De momento lo tomaré como una broma que es capaz de sacar a la luz muchas contradicciones.

A pesar de reconocer el derecho tanto a Cataluña como a Tabarnia para decidir sobre su destino, mi posición personal al respecto es contraria a la independencia, por considerar que somos más fuertes y solidarios en una entidad nacional mayor. Pero a nadie se le puede obligar a sentir lo que no siente. Y estamos hablando de sentimientos. Los países se hacen y deshacen mejor por la voluntad popular que por los intereses de las élites privilegiadas, que era como se hacía anteriormente a través de guerras. Las ideas sagradas e inamovibles no han traído más que desgracias a lo largo del tiempo.

Se está demostrando día a día que los independentistas no buscan la cohesión de un pueblo oprimido que se quiere liberar, sino el egoísmo de separarse de tierras a las que consideran más pobres e incultas. No es más que la consabida postura egoísta de los que se creen más ricos que los demás, a los cuales quieren dar la espalda, para que “no les roben”. Obviando que su riqueza es posible porque tienen un mercado de compatriotas en el que pueden levantar su economía. Y a partir de esa idea se construye un argumentario, entre medias verdades y mentiras completas, para adoctrinar a la población, comenzando por la infancia.


Además el veneno del nacionalismo lo llevan a extremos tales que no se cortan de hablar de Països Catalans, anexionándose por la fuerza a los valencianos y baleares, solo porque se les pone en las narices, sin contar con que ellos también tendrían el derecho a oponerse democráticamente, siguiendo sus sentimientos, en expresión de la misma lógica que utilizan.

Hoy en día lo que habría que buscar es el hermanamiento entre los pueblos de la península Ibérica, incluido Portugal, para llegar a organización política más fuerte, que a su vez se integrara plenamente en Europa. Centralización que se compensaría con descentralizaciones administrativas, para que nadie se sienta sometido. (¿Os imagináis una selección de fútbol ibérica?)

El nacionalismo no es más que una enfermedad mental que deforma la realidad para adaptarla a unos intereses. Falsa realidad que luego es creída a rajatabla de forma ingenua, sin el menor atisbo de duda. Esa desviación de la realidad no puede ser sino enfermiza.

Así Tabarnia resulta ser una auténtica pedrada en los dientes para los herederos de Convergencia –o como quiera que se llamen a la hora de publicar esto–. También lo es para la supuesta izquierda, llamada Esquerra Republicana de Catalunya, que abandonó el internacionalismo obrero para caer en el nacionalismo burgués. Y para los ácratas de la CUP, que persiguen una república burguesa catalana, insolidaria y de derechas, apoyándose en los herederos del segundo partido más corrupto de nuestro país, que ya es mucho decir.

Sirva esta parodia para escarnio de cualquier nacionalismo, sin olvidar que no es más que una simple payasada, como el nacionalismo mismo, vamos:


lunes, 15 de enero de 2018

5 cuestiones que no entiendo

Comienzo el año con un listado en el que declaro mi ignorancia. Voy a enumerar cinco aseveraciones que están periódicamente en boca de muchos e impregnan los medios de comunicación, pareciendo afirmaciones incuestionables, pero que a mí me producen sarpullidos, ya que me parecen profundas idioteces o cuando menos manipulaciones intencionadas de la verdad, que buscan satisfacer espurios intereses.

1.- Hay que incentivar la natalidad

El país envejece, los trabajadores no son suficientes para pagar las pensiones, hay que buscar medidas para aumentar la natalidad y rejuvenecer la población.

¿En serio?

Después de las históricas revoluciones industriales, sanitarias y alimenticias la población mundial ha aumentado tanto que ya la naturaleza no tiene el potencial suficiente para tragarse todas nuestras basuras, que flotan asfixiando los mares y envenenan las tierras. Hay hambrunas y aglomeraciones urbanas, no quedan tierras ignotas, los gases metano y los purines de las explotaciones de carnes que consumimos están acabando con el medio ambiente…

Por ejemplo, nuestra península en el siglo XV tenía unos ocho millones de habitantes. En esa época ya se podían quemar bosques, matar ciervos o tirar basuras al mar, que el medio ambiente era capaz de regenerarse. En el mundo actual una península Ibérica con poco más de 50 millones de habitantes puede considerarse incluso poco poblada, pero su antropización la tiene esquilmada. ¿Qué decimos entonces de lugares superpoblados?

Si en las sociedades avanzadas disminuye la natalidad, no tenemos que tomar medidas extraordinarias, tan solo repartir la riqueza para que todas las sociedades sean avanzadas. Siempre será mejor este remedio que el clásico. Me estoy refiriendo a las guerras, ya que este tipo de desastre conlleva un boom de natalidad posterior.

2.- Hay que fomentar el alquiler en lugar de la compra de viviendas

Estamos mal acostumbrados, dicen. Nos pensamos que el ideal es ser propietario de nuestra vivienda, cuando eso nos resta movilidad y nos ata a hipotecas que nos ahogan. Lo que debe hacerse es alquilar la vivienda donde desarrollaremos nuestra vida.

¿En serio?

¿Quieren transmitirnos que el dueño del lugar donde vivimos debe ser un especulador? ¿Qué no podemos poseer ni los cuatro ladrillos que nos cobijan, porque es un lujo que debemos dejar a los ricos? ¿Nacemos pobres y vivimos de prestado?

Con la salvedad de los jóvenes que aún no se han establecido definitivamente, hasta que terminen sus estudios o se casen, ¿por qué no podemos ser dueños del lugar donde vivimos? ¿Por la movilidad? O sea, nos dicen que seamos esclavos del capitalismo y estemos dispuestos a movernos allí donde nos necesite un especulador. ¿No es esto esclavitud?

Si acaso decidimos cambiar de residencia y estamos pagando una vivienda, no tenemos más que recuperar ese dinero vendiéndola para trasladarnos a otro lugar. El hecho de que las hipotecas sean inasumibles por economías precarias no es más que el efecto del cruel capitalismo desmedido, al cual un Estado justo debe poner límite.

3.- Hay que elevar la edad de jubilación

¿En serio?

El 20% de paro, por quedarme corto, ¿y deben seguir trabajando los viejos en lugar de los jóvenes?

Si el Estado no reparte el trabajo y las rentas, es una falta del Estado. Si trabajan los viejos en lugar de los jóvenes es falta de cordura. Al mundo robotizado al que vamos, que disminuirá paulatinamente los puestos de trabajo, no le queda más remedio que buscar una solución para distribuir las rentas y para que trabajen los jóvenes. No se necesitará mucha mano de obra, pero sí un estado justo, que impida guetos de ricos atrincherados para impedir que los pobres busquen la justicia de forma violenta.

4.- Hay que impedir que se despueble el mundo rural

Otra chorrada. Monumental.

Sé que con esta cuestión me la voy a cargar, pero me da igual.

Quieren transmitirnos que debemos ir a habitar lugares que tienen la sanidad a no menos de cien kilómetros, que no cuentan con Internet, donde hay pisar barro y nieve, ordeñar vacas improductivas porque deciden importar la leche de Francia. Nos envían a un lugar donde hemos de olvidarnos de lo que es el teatro o el cine, a gastar gasolina en transporte escolar, etc., etc., etc.

Yo sé dónde mandaría a vivir a quien me vuelva a recomendar esto. La civilización pisa mejor el adoquinado de una acera, que la boñiga de una vaca.

A mí me encanta el campo y la montaña, pero no para vivir en sus incomodidades, sino para disfrutarlo en vacaciones. Si el campo se despuebla, es terreno que gana la naturaleza para repoblarse, para que pueda vivir el lobo sin ganaderías, para que haya ríos limpios, para que existan lugares de reserva natural, donde una vez hubo una población. Población que era esclava de la dureza de vida medieval basada en la subsistencia agrícola o ganadera.

5.- El que crea empleo es el empresario

Esto ya sí que es el acabose. Y no se lo discutas a un neoliberal que te quema en la hoguera.

Voy a tratar de resumirlo. Vivimos en una economía capitalista que está regida por el mercado. En ese mercado hay una oferta y una demanda. El empresario surte la oferta y todos tiramos de la demanda. Pero el mercado tiene lo que tiene, que son los sueldos de los ciudadanos, los cuales no son flexibles, pues no pueden gastar más que lo que ganan. Ya sabemos lo que pasa si gastan más. Si un empresario espabilado fabrica, digamos por ejemplo, unas bicicletas más modernas, de más calidad y a un precio asequible, aquellos que se van a comprar una bicicleta comprarán una de estas, lo cual significa que dejarán de comprar otra que hubieran comprado de no existir la nueva oferta. O sea, que lo que fabrica uno lo deja de fabricar otro, a no ser que se lo coma con patatas. El nuevo empresario dice que ha creado empleo, pero se engaña, pues su competidor ha tenido que cerrar la fábrica y despedir a los suyos. El resultado no es la creación del empleo, sino el robo de los empleados. Y es posible, incluso, que con menores retribuciones, ya que necesitaba vender barato. Estas retribuciones menores reducirán la demanda, por narices, y habrá menos dinero en el mercado.

El único que crea empleo es el mercado, cuando los compradores aumentan su salario. Y esto solo lo puede hacer el Estado, nunca el robaempleados, que por otro nombre es conocido como empresario.

¡Hala! Ya he dado cinco motivos para colgarme.  Pero si alguien caritativo quiere sacarme del error, deberá convencerme razonando, no desacreditando.