jueves, 30 de enero de 2014

Las chicas son guerreras

O el papel social de la mujer en la Historia, con un ejemplo poco edificante.

Hubo un tiempo –toda la Historia de la Humanidad, excepto posiblemente en el neolítico en ciertas regiones y en alguna tribu contemporánea perdida por ahí– en que la mujer jugaba un papel distinto que el hombre en la sociedad. El origen está en la organización social de subsistencia en la época de los cazadores-recolectores prehistóricos, que dejaba a las mujeres al cuidado de los hijos y enviaba a los hombres a las partidas de caza. En el neolítico, en principio, se democratizó el papel social de los sexos, ya que tanto unos como otras trabajaron la tierra, la cerámica y la domesticación de los animales, pero con la creación de excedentes se inventó la propiedad privada y con ella la defensa armada de los bienes que asumieron los hombres, creando castas de guerreros que volvieron a relegar a las mujeres a papeles domésticos, propagando el veneno de la guerra y el poder.

Podemos decir, por tanto, que históricamente los hombres y las mujeres han desempeñado papeles distintos, actuando unos en el marco público y otras en el marco privado o doméstico, hasta el punto de que hasta el siglo XIX, se pensaba que estos papeles eran decretos divinos y la función de la mujer era parir, criar hijos y cuidar al marido, el cual se encargaba del sustento familiar. Pero esto era una mentira institucionalizada, por supuesto, ya que las mujeres, desde siempre, aparte de esas tareas domésticas han participado del trabajo que procuraba el sustento familiar, es decir han trabajado, como el que más… Más que “el que más”, debemos admitir, si generalizamos.

A bote pronto, traigo un ejemplo de la literatura, que es lo que nos interesa en este blog: Cecilia Böhl de Faber y Larrea, escritora española del siglo XIX, adoptó el pseudónimo masculino de Fernán Caballero, para que la tomaran en serio.

Pero todo comenzó a cambiar en el siglo XIX. Con la revolución industrial nació también el movimiento sufragista en el Reino Unido que perseguía el voto femenino, es decir, sacar a la mujer del espacio exclusivamente doméstico en el que se la había enclaustrado. Luego, con otros movimientos, como el feminismo y la revolución sexual de los años sesenta del siglo pasado –con el hito de la píldora anticonceptiva que puso en manos de las mujeres la decisión de la maternidad–, todo fue cambiando lentamente hasta nuestros días, en los que sólo los necios retrógrados le niegan el papel público a las mujeres. El último hito que se ha roto, aunque todavía algún cromañón quiere revertir en nuestro país, es una ley de plazos en el tema del aborto, con el que las mujeres toman la última palabra sobre su cuerpo, sin que una decisión tan importante como el trauma de abortar tenga que adoptarlo un tribunal paternalista ideologizado: “Nosotras parimos, nosotras decidimos”.

Quedan, además, las equiparaciones salariales y la igualdad real de oportunidades laborales, que ya pocos cuestionan, pero que aún no son plenas, aunque estamos en ello.

Hoy en día, con una serie de pasos adelante y atrás, estamos en situación de decir que las mujeres pueden actuar en la esfera pública con las mismas oportunidades que los hombres. Que pueden abordar el mundo de la cultura, el laboral y el político, más la realización personal, sin traba alguna. O, al menos, que existe esa posibilidad que antes no existía.

Por ello podemos decir que históricamente la mujer no ha tenido relevancia en la esfera social pública que la hiciera pasar con visibilidad a la Historia. Algunos historiadores intentan paliar esa ocultación, pero habremos de admitir que pocos nombres de mujeres han transcendido en las crónicas y cronicones, batallas y conquistas, inventos y descubrimientos… Que es de lo que se nutre el avance histórico.

Aún así, algunas mujeres excepcionales dejaron su nombre escrito en un mundo de hombres. Citaré dos de ellas, por ser paisanas principalmente, Isabel I de Castilla y Teresa de Cepeda y Ahumada –una reina y una monja–. La una quiso –y lo logró– “montar” tanto como su marido y ser reina única de Castilla (Fernando tan sólo fue regente de Castilla a su muerte) y la otra llevó a cabo una labor literaria y de fundaciones de conventos, “entrevistándose” sin intermediarios masculinos con el mismísimo Dios. Pero había que ser una mujer demasiado brillante o poderosa para jugar un papel fuera del ámbito anónimo doméstico, y esto no estaba al alcance de todas, ni siquiera de una minoría, sino de una excepcionalidad histórica.

Pero hubo un camino, andado por mujeres valerosas, que consistió en desarrollar un papel fuera del determinismo de su condición, que fue el ocupar un puesto de hombre, vestida de hombre y haciéndose pasar por hombre. Hubo mujeres anónimas que lo realizaron, sin duda, pero como era algo que iba en contra de las leyes sociales y de las normas religiosas, debemos suponer que la mayoría de los casos quedaran en el anonimato. Hubo mujeres que vivieron como hombres y como tal fueron enterradas, sin que nadie lo descubriera.

Aparte del mito medieval de la papisa Juana, la literatura ha tratado estos trasvestismos de forma prolija, por más que resulte anecdótico –saga de Martín Ojo de Plata, de Matilde Asensi, El Rey Transparente, de Rosa Montero, etc.–, pero hay un caso real, único por su importancia y que es totalmente histórico, como es el de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, que vistió de hombre durante prácticamente toda su vida, dedicándose a tareas tan exclusivamente masculinas como las milicias.

                                     Catalina de Erauso, Juan van der Hamen, 1626

Catalina, con quince años en 1600, se cortó el cabello, se vistió de hombre y huyó del convento dominico de San Sebastián donde llevaba desde que cumplió los cuatro, y en donde su padre, importante militar de Felipe III, le había internado para darle una educación “apropiada” a su sexo. Pero Catalina era rebelde y pendenciera, rebelándose contra las convenciones sociales.

Con su nueva personalidad varonil, pasó por Vitoria, Vallladolid, o Bilbao, sin ser reconocida, ni por su propio padre con quien llegó a entrevistarse. Se ajustó de paje y de arriero, y más tarde de grumete en San Lúcar de Barrameda, bajo el mando de su tío, que no la reconoció, llegando al Nuevo Mundo en 1603. He aquí alguno de los nombres que llegó a utilizar: Pedro de Orive, Francisco de Loyola, Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán y Antonio de Erauso.

Tres años campando a sus anchas, fue algo que en su condición femenina le hubiera resultado totalmente imposible realizar. A pesar de su valor, su fuerza y su habilidad con las armas –la iría ganando a través del tiempo–, hubiera sido asaltada por los caminos, violada, asesinada… No hubiera podido trabajar absolutamente en nada, ya que una mujer en esa época tan sólo tenía dos oficios, aparte del casamiento, como era el de monja y el de puta. He dicho oficios, no trabajos, ya que de estos hacía muchos, tanto casada como en el convento, por no hablar de la casa de mancebía, donde la palabra “trabajos” tiene otras connotaciones.

En América se empleó como soldado, participando en guerras, escaramuzas y matanzas sin cuento: Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú, Chile…

En la Guerra de Arauco contra los mapuches, en el  Chile actual, se mostró valiente acabando por ser nombrada alférez. Durante la batalla de Purem murió el capitán y ella tomó el mando, distinguiéndose por su extrema brutalidad y actos vandálicos, que la dieron fama de terrible, lo cual paradójicamente la imposibilitó seguir ascendiendo en la carrera miliar. Se pasó de cruel, vamos, incluso para su época.

Participó en varios duelos, hiriendo e incluso matando a los contrincantes, por lo que llegó a estar encarcelada en varias ocasiones  y fue torturada y condenada a muerte, ajusticiamiento del que se libró huyendo.

Llegó a ser nombrada secretario de su hermano Miguel de Erauso, quien tampoco la reconoció, e incluso Catalina acabó matándole en un duelo, teniendo que huir por ello a Argentina.

Anduvo en tratos carnales con mujeres, “andándole a la hija entre las piernas” –palabras textuales suyas, pues llegó a escribir sus memorias–, y llegó a prometer matrimonio a dos doncellas, teniendo que huir a Potosí para evitar el casamiento y, por ende, el descubrimiento de su impostura.

En 1623 fue detenida en Perú y encarcelada y es entonces cuando confiesa, por fin, que es una mujer y que incluso fue monja en su juventud. Dos matronas la examinaron certificando sus palabras, sin duda era mujer y como hombre pasó 23 años seguidos sin que nadie lo supiera, habiendo tratado con mucha gente, alguna de la cual la había conocido como niña y como monja.

Como caso curioso, fue enviada a España, entrevistándose con el mismísimo rey, Felipe IV, quien le mantuvo su graduación militar de alférez y le puso el mote por el que a partir de entonces fue conocida: monja alférez. Más tarde se entrevistó con el mismísimo papa de Roma, Urbano VIII, que la autorizó a seguir vistiendo de hombre.

En 1630 se instaló en Nueva España (México) y regentó un negocio de transporte de mercancías, muriendo en 1650.


No es un ejemplo edificante, en absoluto, pues Catalina no sólo asumió el rol masculino, sino que con él interiorizó todo lo peor que el hombre ha generado en la historia: la guerra y la violencia, en su rasgo más extremo de falta de empatía con las víctimas. Pero es paradigmático el que una joven disfrazada de hombre, no fuese reconocida durante años por nadie, ni aún su propio padre o hermano, ya que no había quien pudiera imaginar que tras unas ropas masculinas y un comportamiento viril hubiera otra cosa que no fuera un hombre.

La literatura tiene un filón en historias de mujeres que pasaron por hombres, cuyos casos han quedado en el desconocimiento, como hubiera quedado el de Catalina si muere antes de su último encarcelamiento en el que confesó su impostura. No estoy proponiendo que se convierta en un género literario, pero sí estoy justificando que cuando un autor trate la historia de una mujer que se trasviste en varón, sin que nadie sospeche, sea creído, pues es algo que se hacía por necesidad, por mujeres que no aceptaron enclaustrarse en el papel social opresor en el que se las encadenó de por vida, por cuestión de nacimiento.

Dejemos que las mujeres ocupen su papel en nuestra sociedad, con la relevancia que merecen, y comprobaremos cómo la historia remonta hacia valores más positivos que los que hemos alcanzado los hombres escribiendo esa historia. Seguro que ellas tratan de evitar las guerras con más ahínco, ya que son las que las han padecido en mayor grado siempre: pérdidas de hijos y maridos, violaciones, ruina económica y hambre… Ellas más que nadie, pues el que queda es el que sufre.

Para saber más sobre Catalina de Erauso:



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